domingo, 23 de abril de 2017

MI EXCEPCIÓN


     Si lees esto, hazme un favor, no le adjudiques estas letras a nada ni a nadie más que no seamos nosotros. Ya sabes que es costumbre aplicarnos los poemas, las canciones, las citas, y arrastrarlos a través de situaciones diversas vividas. No lo hagas. No lo extraigas más allá de ti y de mí. Traspasando la realidad, toma este texto. Yo, la autora. Tú, el lector. Con ese vínculo sagrado que establecemos cada vez que te escribo. Porque es a ti a quien escribo gran parte de mis letras. Y eso es algo que sabes bien. Y es que no eres tú quien se las adjudica erróneamente. ¿Me lo escribirá a mí? Podría aventurarme a decir que cada vez que te haces esa pregunta, la respuesta está implícita si dejas la mente en blanco y te respondes con el corazón. Tu intuición va correctamente encaminada. Me conoces bien, más allá de las dudas. 

    Hoy por hoy y con la suma de los días digo firmemente que eres mi excepción. La excepción en mi vida. La que confirma la regla de lo que siempre hice. Contigo todo me lo salto a la torera. Rompo principios, reglas, patrones de conducta, inercias y costumbres. Desinflo vendavales. Minimizo los daños. Y hasta los años. Me duran las protestas día y medio. Se me olvidan las peleas al oírte la voz. Y no es cierto que te comprenda solo con la cabeza y no con el corazón. Hay pinchazos, sí, a qué negarlo. Instantáneas que asoman por sorpresa a mi memoria para atravesarme, pero no obstante es de corazón que te comprendo más allá del dolor. Si no fuera así, hace tiempo que habría escapado a una isla lejana sin noticias ni memoria. Eres por supuesto la excepción de lo que hube conocido, de lo que conocí, de lo que conozco. Reaccionas a la inversa para volverme loca. Sacas punta a un canto rodado. Eres directo como una bala bañada en cianuro. Y el espíritu de la disputa. Y el de la negación. Y el del no te lo compro. Niegas lo innegable. Idealizas el fango, pero al tiempo mueres por el brillo de lo bello. Miras tu reflejo en un cristal tomado y lamentas los golpes, recreándote en la visión borrosa de algo que siempre te quedó muy pequeño. Pero no te lo crees. Me llevas hasta el límite de la paciencia. Pataleo, protesto, salgo por peteneras. Te discuto y me largo. Pero eres mi excepción, porque aun desde la distancia nunca me he ido. Te lo creas o no. No te dejé de lado, no hubo abandono tal. Te ponga una mordaza o te levante un muro, te cante las cuarenta o mantenga el silencio, siempre he sobrevolado el espacio inmediato que rodea tu vida. Porque eres mi excepción. Porque me lees. Y siempre me leíste. Y me lo prometiste nada más conocerme, aunque ahora no te acuerdes, pero eso lo has cumplido. Lees a la mujer, que no a la autora. Más allá de ese hábito. En tu busca constante de una pista más que seguirle a la vida. Excepción, digo bien. De ternura, de sensibilidad extrema muchas veces y de unos sentimientos que superan tus ataques de ego. Muy por encima, no te miento. La excepción que confirma mi regla. La excepción que confirma mi vida. Mi dulce excepción.





QUISIERA DESPERTARME (Donde no quiero ir)






  Más allá de mis deseos más sinceros y de mis sentimientos más sobrecargados de más de una decena de matices - esos que me guardo en lo más hondo de mí-, estoy preparada para caminar yo sola. Autónomamente. Individualmente. Puedo jurar que me fuerzo a ello, que no hay voluntad del alma en ese gesto y que no tengo nada planeado. Ni una sola especulación o hipótesis de lo que habrá de ocurrirme, ni de lo que podré encontrarme. Ni la más remota idea de cuáles serán mis reacciones, pero el suelo que tengo bajo mis pies arde y siento, desolada, que soy yo la única que se quema en ese fuego. Por lo tanto, ¿qué otra cosa podría hacer más que no quedarme quieta para no ser devorada por ese incendio?  Y es que hay veces en que nadie acude a apagar esa llama, nadie a calmar la devastación. Y hoy tan solo puedo mover mis pies sin tregua. Sola, yo sola. Acorralada por las propias circunstancias y obligada a nadar contracorriente. Pero realista como la vida misma. Esa que he querido combatir y que me va a ganar esta partida en la que me he dejado el alma. Solo yo sé cuanto y cuán de veras. Solo yo sé cómo. Solo yo hasta dónde. No le deseo pues a nadie la sensación que hoy me ocupa el cuerpo. Atada a mi cintura una cuerda áspera y cortante que me obliga. En mi rostro la pura faz de la decisión y la fortaleza, ensayadas con una mueca infalible. En mi mente un pensamiento noble, ausente de malicia o de rencores. En mi interior,…dije ya que eso me lo guardo. Y en mis manos un mapa que me empuja a tomar un sendero de sentido único que no quiero tomar y con el espacio justo para mis pies. Y a su lado, el abismo. Si te asomas aún puede observarse el resto de mis sueños, mis entregados días, mi admiración de niña y mi constancia. Todos ellos estrellados contra el suelo ¿Y ahora? Ahora solo quisiera despertarme y no tomar camino donde no quiero ir.




LEO PORQUE SIENTO PROFUNDAMENTE

DÍA DEL LIBRO


  Me gustan los libros porque me permiten comunicarme con  mi interior más sensible. Sus páginas me ayudan de un modo u otro a enriquecer mi lado emocional, a ponerlo frente mí y a aceptar mis sentimientos. Me gustan los libros porque he escuchado en ellos declaraciones de amor hermosísimas y juramentos de venganza eterna. He sucumbido en ellos a la tristeza ante la injusticia, conocido la maldad humana y señalado la mezquindad de los ciegos de conveniencia. Los libros han contribuido a mi valoración de las emociones por encima de todo. Y es que eso sucede cuando asistes a la destrucción de docenas de vidas a quienes se prohibió dar rienda suelta a sus sueños y deseos. Me han ayudado a comprender y a empatizar, a cerrar los ojos y pensar en lo que me ocupa el alma. Y a enternecerme envuelta en el momento. Me han enseñado a sentir valor y a decirme que puedo con aquello que tenga delante. Con eso y con más. Me han mostrado el verdadero modus vivendi del hombre con el paso del tiempo. Me han reconciliado con el dolor y enfrentado con verdadero desprecio a los indolentes que se juegan el corazón de las personas por dos monedas de ego.

    Me gustan los libros, sí. Y es que leer me ha hecho más culta, obviamente, pero sobre todo me ha hecho más conocedora de las entrañas humanas. Y fundamentalmente me han enseñado a ver la vida desde dos pasos más atrás, con perspectiva de amplia área. Mi vida entre libros me ha separado de alguna que otra hora, que otro día, que otro mes,… años incluso, de llevar a cabo otras actividades propias del rodar del mundo. Y con ello me ha dejado la marca de alguna que otra arruga, algún que otro pliegue y unos ojos algo más cansados. Pero, ¡bendito sea todo ello!

    Me gustan los libros porque siento, en efecto. Porque me siento viva. Porque me entrego. Porque amo. Porque al leer esas palabras siento que quien las escribe me acaricia desde lejos. Porque al escribir soy yo quien acaricia dulcemente con toda la fuerza de mis sentimientos. Y porque espero con todo mi corazón que esa caricia sea certeramente recibida.



FELIZ DÍA DEL LIBRO, 
Feliz 23 de abril.

Porque nunca nos falten. 
Porque a todos lleguen. 
Porque todos los días del año sean 
el día de la cultura, el día del libro.







sábado, 22 de abril de 2017

ESTUDIA LO QUE QUIERAS, PERO QUE TE HAGA FELIZ





     Tendría unos catorce o quince años cuando mi padre comenzó a hacer un especial y mayor hincapié en una idea vital para él respecto a mi formación educativa y profesional: “estudia lo que más te guste”. Siempre se lo había oído decir, pero dado que yo estaba en pleno bachillerato, sabía que se acercaba el momento en el que yo me haría mil preguntas al respecto y decidiría. Y él insistía: “lo que te guste”, “dedícate a lo que tú quieras, pero elige algo que se te dé bien y en lo que seas buena; y que te haga feliz”. Mi padre sabía muy bien lo que se decía. Tenía un trabajo de números y era bueno en él, pero no le gustaba en absoluto. Más bien le horrorizaba. Lo apagaba por dentro. A decir verdad se le habría dado bien cualquier trabajo que hubiese desempeñado, salvo aquellos que requirieran una marcada despersonalización y desconsideración hacia los usuarios, pero sí, habría sido bueno en cualquier cosa, porque poseía una mente valiosa y aguda. Pero el tenderete en el que trabajaba le tocaba su talón de Aquiles. Y antes de eso, antes de entrar en ese pozo profesional ya había experimentado también del tema. Se sabía bien la lección porque anteriormente fue empujado a unos estudios que tampoco le gustaban nada de nada. El niño era brillante en los estudios, el niño sacaba matrícula de honor, el niño podía ser ingeniero. Y el niño fue matriculado en la Escuela de Peritos de Santander. La visitó menos de lo esperado, porque le gustaba tanto como a mí correr una media maratón. Y plantó la carrera, para disgusto de mi abuela. Y propuso un plan alternativo para su futuro. De ahí a los números y al ambiente de bancos, solución responsable y rápidamente pensada y acatada por él para minimizar los daños. ¿El resultado? Jamás le gustó lo que hizo, y por eso pagó un precio enorme. Día tras día sin motivación profesional y, lo que es peor, un talento totalmente desaprovechado; al menos cara a la galería, porque de puertas para adentro oro molido. Y es que el niño valía para estudiar, pero el joven, el hombre, poseía una mente fuertemente atraída por el humanismo, por el pensamiento filosófico y por la historia. Por las artes, la música y el cine. Y todo ello en un momento académico que transcurría a finales de los años 60 e inicios de los 70. Lo que se pretendía era salir exitosamente adelante, y eso de la felicidad individual y de sentirse realizado se veía solo en las películas norteamericanas.

  Si tuviera que elegir una enseñanza individual aprendida de mi padre, más allá del amor por la familia, sería sin duda esta. Los míos lo saben bien y son conscientes de que he metido obsesivamente la cabeza por paredes de hormigón con tal de poder conseguir y volcarme en lo que de verdad me llena. Ser parcialmente feliz cada día a través de lo que haces supone tres cuartos de tu felicidad total. ¿Tanto? Sí, tanto. Porque una posible frustración al respecto manchará el esto de parcelas de tu vida hasta convertirte en un ser infeliz, gris, disgusto con todo y en absoluto realizado. “Haz lo que quieras, pero que te guste y te llene”. Recojo el testigo de mi padre y, tatuado como lo tengo hasta el hueso, lo pregono a los cuatro vientos.
      Podréis suponer, como docente que soy, que este tema sale constantemente en mi aula, especialmente con los alumnos de Bachillerato. Y podréis imaginar ya, tras lo leído, cuál es siempre mi consejo. Junto a ello, el eterno debate: ¿letras o ciencias?, ¿qué tiene más salida o menos salida? Y sonrío para mis adentros sabiendo los tipos de mentes que se inclinan hacia unas disciplinas u otras, sus gustos, sus destrezas, la necesidad de ambas ramas de conocimiento, y reivindicando también la importancia de las humanidades para no deshumanizarnos, así como el triste desprecio al que son sometidas. Cosa lógica por otro lado a la vista del deterioro social que atravesamos y al fuerte empeño en hacernos productivos para el sistema. Conocer un chip a costa de descuidar el conocer al hombre es lo que trae. Y las salidas, sí, las engañosas salidas profesionales que cambian cada pocos años, como bien hemos podido ver desde que la economía zozobró -planificadamente y con escrupulosa alevosía- para cumplir con los ciclos prestablecidos. Solo te puedo enseñar esta lección: No vendas tu talento, ni tu realización personal, no vendas tu felicidad por bailarle el agua a algo tan ficticio y artificial como un sistema que nos atrapa y que poco tiene que ver con la verdadera esencia del ser humano. Después de todo, en medio de todo ello, lo único que de verdad posees es a ti mismo y tu propio desarrollo interior.



ANEXO: 
Publica Elvira Lindo una columna en El País sobre la absurda guerra de las letras y las ciencias, y el sangrante desprecio del sistema por las humanidades: No me llames letrasado. Recomendable al máximo.


LEO PORQUE ESCRIBO

¿O será al revés?...





     Me gustan los libros porque me enseñan a escribir. Me enseñan a expresarme de mil y una maneras, y a descubrir los infinitos prismas que de una misma cosa tiene cada persona. ¿Qué es para ti el amor? Busco y rebusco entre las páginas de los distintos textos que pasan por mis ojos. Rechazo docenas de ellos. Por falsos, por interesados, por hipócritas, por cobardes. "¡Que no es amor!", me digo, "¡que es un engaño para tenernos cogidos por los huevos!". Ensalzo a cambio algunos por profundos, por nobles, por eternos. Y por atemporales. Fueron, son y serán. Y al fin encajo a la perfección con unos pocos. Y aprendo a observar mi propia visión de ello desde fuera de mí, recorriendo las letras y los renglones, pasando páginas hasta hallar un final, ¿del amor o del libro? Quién sabe. Y junto a ello más, mucho más. Le pregunto al autor: "¿qué es para ti la muerte?", "¿y la traición?" Discrepan los autores en sus concepciones, y yo, lectora irreverente y desleal a algunos, me dejo convencer a conveniencia mientras duran las páginas, para engañar después con la siguiente historia, aún más jugosa, más plena, más intensa, más yo. 
    Me gustan sí, porque aprendo que la ficción se queda corta, y que escribir sobre la realidad necesita beber y alimentarse de cuantas más letras de imprenta mejor. Y pienso en personajes, buscando parecidos con los míos, pero no los encuentro. ¿Será eso bueno? Tal vez sí, quizás sea la impronta que me dejan los libros, que siempre busco otros, darle una vuelta más a lo que quisiera dar a luz. Así que leo porque escribo, y al hacerlo, de pronto, una cara pintada con palabras se me agarra por dentro o una frase retumba en mis oídos. Se repite y de ella brota una nueva idea que no logra callarse en mi cabeza. Si no fuera por ella, no habría escrito, no habría personaje, ni crítica, ni historia. Si no leyera libros, no sería quien soy. 
    Me gustan los libros, leídos y contados. Y escucharte esa historia que te surge en segundos para mi total asombro. Sin sospechar a donde irá a parar. Cada noche una historia. Sería magia. 



CONMEMORANDO EL DÍA DEL LIBRO (23 de abril)
Día 3: sábado, 22 de abril.



viernes, 21 de abril de 2017

EQUIVÓCATE, PERO FUERA CULPAS






       Lección número uno para no sentirte culpable contigo mismo: no cometas de nuevo los mismos errores. Comete otros, mete la pata de diferentes formas, pero nunca caigas una y otra vez en lo mismo. Si te es posible, procura no repetir los mismos comportamientos, idénticos patrones de conducta, porque si ya fallaron una vez, ¿a qué reproducirlos? Eso no significa que no vuelvas a tropezar, incluso con la misma piedra. Porque hay piedras y piedras. Las hay que se encariñan con el pie. Y hay pies que rondan el empedrado. Luego hay piedras que no lo son tanto y que a un pequeño roce se vuelven polvo. Y por supuesto hay piedras preciosas. Si has de tropezar, tropieza, pero con inteligencia esa vez, desde otro ángulo y con una inclinación del empeine mejor calculada. Y asume que jamás tendrás garantías de éxito, nadie las tiene. Te arriesgas a volver a frustrarte con una profesión que te apague. Te arriesgas a que no se te renueve el contrato. Te arriesgas a pasar por tu décima ruptura sentimental. Te arriesgas a enfrentarte a quien durante años guardó tus secretos y fue tu amigo. Te arriesgas a divorciarte por tercera vez y a llorar por ello. Eso está escrito desde que pusiste un pie en el mundo. ¿Puedes sortearlo? Absolutamente imposible. Pero sí puedes minimizar la culpa si eso ocurriera así. Observa qué salió mal en tus experiencias pasadas y por qué, y una vez reconocido déjate la piel en no caer en lo mismo en las siguientes. Ya sabes en qué fallas. Conoces qué te daña. Identificas cuál de tus actitudes boicotea el curso de las cosas, así como qué trampas te pones a ti mismo. Muy bien, ya está. Eres humano. No pasa nada. Pero deshazte de ello. Si eras frío, trata de ser más cálido. Si eras hermético, ¡ábrete y habla! Si funcionas mal en equipo, trata de escuchar las ideas ajenas. Yo qué sé,… busca el remedio y no te resignes, porque ya me contarás de qué sirve haber sido engullido por una experiencia mala, si no aprendes nada al respecto. Dolor inútil. Y responsabilidad no acatada. ¿Primera víctima? Tú mismo. Así que no, no tires la toalla, que este show no ha terminado aún. Ni mucho menos. Pero no se te ocurra volver a equivocarte con la misma cantata de siempre. Cambia el guión






QUIEN SE VA Y QUIEN SE QUEDA



      Mira a tu alrededor. Por favor, pon atención y mira detenidamente. Cuenta. Cuenta cuántas son las personas que te acompañan, incluso aquellas que en apariencia no están, pero que si no te dejas llevar por la desconfianza, sabes que de algún modo están ahí contigo. Son las personas que participan en tu vida. Se preocupan por ti, te escuchan, te aconsejan, te hacen compañía, confían en ti y se confían a ti. Te quieren sinceramente. Busca sus nombres porque los sabes realmente. Ahora piensa en aquellas personas que estuvieron y ya no están. Identifica a aquellas que quisieron marcharse y dejar el barco a la deriva. Tampoco olvides sus nombres porque forman un grupo bien concreto. Lo lamentaron a medias. Sentían a medias. Te echan de menos a medias. Bueno, está bien. De todo ha de haber. Son cosas de la vida. Y están aquellos a los que la vida, la muerte o las circunstancias separaron de ti. Piensa en quiénes son. Estos lamentaron, sintieron, echaron de menos. O incluso lamentan, sienten y echan de menos. Te quisieron o te quieren sinceramente. ¿Tienes ya bien claro quién es quién? Es una tarea importante, tenlo en cuenta. Si la realizas bien, si juzgas adecuadamente harás y te harás justicia. Y cumplirás con ese principio de amor con amor se paga. 
    ¿Por qué hacer el ejercicio anterior? Pues porque dejar ir o conservar es el ejercicio más difícil que la vida puede ponernos por delante. Para mí siempre ha sido así. No conozco un  dolor mayor que el de la pérdida de aquellos a quienes no quiero perder. Se me llevan con ellos, eso lo garantizo. Y no suelo encontrar justificación, excusa ni disculpa para quienes dejan marcharse a las personas a las que quieren. Tal vez sea intolerante con esa práctica. Tal vez actúe dictatorialmente al respecto. O tal vez, sea que me duele demasiado y es un acción que tan solo le permiro a la muerte. Tal vez es por eso. Lo que está a la vista es que la vida es un ir y venir de personas. Ya lo sabemos. Y que a pesar de aprender algo de ello, cada vez resulta más duro. Encuentros y desencuentros, conocimientos y pérdidas. Suele decirse que hay que dejar fluir las cosas. Que hay que dejar que se vaya quien se quiera ir. Y en eso no podría estar más de acuerdo, pues no puede retenerse a quien no quiere permanecer a tu lado. Es más, no se debe, salvo en casos de sadismo y de suicidio asistido. Suicidio de las propias integridad y dignidad, quiero decir. Se dice también que hay que dejar que vuelva quien quiera volver. Eso no lo acato sin filtrar. Lo admito a medias. Hay que dejar que las personas se muevan y se signifiquen libremente, por supuesto, porque todo lo que va de emociones es así, mutable. Es preciso pues permitir que acudan a ti, como tú acudes a ellos o a otros, con naturalidad. Y observar. Y sentir el movimiento, naturalmente. Pero atención extrema con ese ir y venir, porque dependerá de quién lo haga, de en qué circunstancias y de por qué, pero sobre todo de para qué. Y es que la vida de nadie es un espectáculo con entrada libre. Y algo es seguro: quien quiera volver, habrá de hacerlo con nobleza, para quedarse y compartirse. Para cuidar de ti y dejarse cuidar. Y quien quiera estar en tu vida, sin fechas ni límites, hará por ello con toda limpieza y con el corazón abierto. Simplemente porque te quiere. Simplemente porque no quiere prescindir de ti. Lo demás,... ¡bahhh!



(Y naturalmente que esto lo escribo inspirado en ti. 
Naturalmente.)